El sabueso ladrador
Ladrando a toda hora se encontraba un sabueso aburrido, de pocos amigos, que vivía en el callejón.
Nadie podía acercarse; podía pasar cualquiera caminando y, despavorido, a toda prisa se iba corriendo, como si el ladrido de aquel doliera como una mordida.
Si pasaba la gallina: dejaba los huevos; si pasaba la araña: dejaba la tela; si pasaba la abeja: dejaba la miel.
Cualquiera que pasaba prefería dejar las posesiones antes que la vida y, sin darse cuenta, muchos fueron despojados por pura intimidación.
El problema era que el callejón era paso obligatorio hacia la comunidad donde muchos tenían sus trabajos.
Todos estaban hastiados.
Lo peor de todo eran las horribles palabrotas que ladraba aquel animal.
Pero el sabueso, tranquilo por ladrón y ladrador, creía tener a todos bajo control.
Incluso algunos pequeños, aunque a modo de juego, empezaban a ladrar de igual manera, tratando de imitarlo.

Esto no podía seguir así; algo tenía que pasar para acabar con el problema de muchos causado por uno solo.
Un día, el pueblo es sacudido por un tremendo estruendo; a lo lejos se escucha el retumbar de una marcha en cadencia.
¡No pueden creer lo que ven! ¿¡Se aproximan más sabuesos!? ¡Esto es insostenible, si a uno solo no podemos aguantar!
Llegaban miles de sabuesos fuertes, fornidos, jóvenes y bien adiestrados en caza; era un gran ejército disciplinado, en silencio y concentrado en su marcha. En su camino pasaban frente a la guarida del viejo sabueso, que no se atrevió a ladrar ni una sola palabrota mientras estos se dirigían a su nuevo centro de entrenamiento cerca de allí. Todos iban silenciosos, solo se escuchaba su marcha. De seguro llegó la paz al lugar, todos se alegran y el sabueso también lo sabe…
Un polluelo testigo de la actitud silenciosa no solo de este ejército, sino del sabueso ladrador, pregunta a su padre por qué este no reacciona como de costumbre, ladrando a todo pulmón.
Este le contesta:
“Hijo, no hace falta ladrar malas palabras cuando estas contradicen la realidad.
Los que le hemos oído ladrar palabras de falsa advertencia, debemos comprender que el viejo sabueso no representa amenaza seria.
En cambio, aquellos sabuesos que pueden ser verdadero peligro no distraerían a ninguno con unos simples ladridos.
En este caso, ¿creerás lo que tu oído oye o confiarás en lo que tu ojo ve?
Hijo, de nada vale decir cosas que los hechos contradicen, no dejes que las malas palabras a gritos te desacrediten.”
Proverbios 4:24
Aparta de tu boca las palabras perversas, aleja de tus labios las palabras inicuas.
