La anciana Maura
Muy feliz, se levanta una mañana la anciana Maura, una marmota feliz, con conciencia tranquila. Tenía rutinas bien establecidas cada día. Entre todas sus labores disfrutaba un pasatiempo: despolvar y enderezar aquel hermoso cuadro en el fondo de la sala; su marco era hermoso, pero más aún su mensaje.
Todos los días admiraba este obsequio que había recibido de su madre y valoraba todos los días el privilegio de poder revisar su edificante contenido.
En una ocasión, en el devenir de la vida, tuvo que cambiar de hogar; sus escasos recursos la estrechan, pero, claro, no dejaría su preciado cuadro atrás: su mensaje tan importante llenaba todos los días su vida de complacencia.
Cuando llega el momento de la mudanza, empieza a llover; es posible que algunas de sus pertenencias se estropeen con agua y lodo, pero a su cuadro preciado no le sucederá eso: elige dejarlo atrás unos días en la vieja casa, al cuidado del nuevo inquilino.
Pasan los días de manera habitual, sin haber sospechado la anciana que el nuevo inquilino era un admirador más de su preciado adorno.
Pasan los días, semanas… Al ver que su cuadro no es regresado, la anciana Maura decide pasar cortésmente y “recordarle” a Sabueso Sabiondo que bajo su posesión tiene el cuadro, que, “por favor”, se lo devuelva.

Pasan los días, semanas, y en el corazón de Maura recorren sentimientos de enojo, desengaño y resignación, pensando que, además de la pérdida del cuadro, pierde la amistad del Sabueso Sabiondo, a quien realmente le gana el mal conocerle. Un amigo, el señor Venado Valiente, le dice que le puede resolver el problema haciendo uso de sus habituales bravuconadas al Sabueso aquel. Maura de inmediato le exhorta a que esos no son medios piadosos de resolver conflictos; el Venado, con su imponente cornamenta, es muy valiente.
Un día se encuentra en el mercado al señor Sabueso Sabiondo, frente a frente; no le puede esquivar. Quien, viéndole a ella muy cerca, sabe que no puede escabullirse y, sin más opción, le saluda secamente. Como con aires de rectitud, la mira a los ojos y, con falsa seguridad, le hace a Maura la observación de que su cuadro se lo puede llevar cuando guste, que ella misma puede ir a descolgarlo de la inalcanzable altura de 10 metros donde ha “recolocado” el mutuo y bien preciado objeto, objeto que con tanta cortesía había vuelto a enganchar para que no se estropeara. En seguida, Sabueso Sabiondo da media vuelta; a medio reír, va por el camino complacido de su rectitud… y astucia; se creía muy sabio.
Maura queda pensativa; entiende la jugada, pues todos saben que su artritis no la dejará hacer tal acrobacia de rescate.
De vuelta a casa, pensativa, más que en el cuadro y su apariencia, medita en su contenido y, al tropezar con un grueso tronco de madera vieja justo al frente de la cerca de su casa, se da cuenta de que, absorta en sus pensamientos, ha llegado a casa más rápido de lo que esperaba; de igual modo, en su mente ha tropezado con una realidad de la que no se había percatado.
¿Por qué me molesta tanto el agravio que se me ha propinado?
¿Acaso no dice el texto que en mi corazón llevo grabado que para ser de agrado al Señor hay que saber sufrir desagrados?
¿De qué me vale atesorar la belleza externa del cuadro si el más importante mensaje no lo aplico y lo dejo olvidado?
La anciana Maura, a pesar de sus dolencias físicas, tiene sana el alma; levanta sonriente los ojos al cielo. Se da cuenta de que para ese momento había aprendido el tesoro que escrito ya estaba, no en la pared, no en la mente, sino en el corazón.
Pero no se conformó: toma pluma y papel y esta vez, sin marcos ni ornamentos, en su pequeña mesa al lado de su cama de tronco y hojas, escribió y colocó el texto que le había marcado.

Un buen tiempo después, el Sabueso Sabiondo, metido en líos, fue desalojado de la vivienda; no tuvo tiempo para sacar ninguna de sus cosas. Cuando el propietario, el señor Rico Ratón, revisa la casa de inmediato, le llama la atención este especial cuadro tan bien trabajado, pero decide llevarlo a la subasta; aunque es rico, un poco más de dinero no cae mal. Allí es vendido a buen precio y el cuadro va a parar al hospital local; el Ratón es bastante rico y enriquece, además de su bolsillo, así también su prestigio.
Se coloca el cuadro en la habitación de ancianos; allí yace una ancianita moribunda, dando sus últimos suspiros. Cree que alucina, no cree lo que sus ojos ven: es la anciana Maura. Al fin siente descanso antes de apagarse la luz de sus ojos y, en paz, pronuncia sus últimas palabras, las que están ante su maravilloso tesoro:
Así dice Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.
Jeremías 6:23-24.
No fue la falsa sabiduría del Sabueso, ni la falsa valentía del Venado, ni las falsas riquezas del Ratón, sino la práctica de las virtudes auténticas las que muestran que la anciana Maura a Dios de verdad conoció.
Proverbios 7:1-3: Hijo mío, guarda mis palabras y atesora mis mandamientos contigo. Guarda mis mandamientos y vivirás, y mi enseñanza como la niña de tus ojos. Átalos a tus dedos; escríbelos en la tabla de tu corazón.
