Los recuerdos de Roboam
Cierro mis ojos mientras me hundo en mi trono. La sala está vacía, aunque mi mente es un remolino de pensamientos confusos que traicionan mi previa idea de haber tomado la mejor decisión. Me llevo las manos a la cara y suspiro profundamente. Me sumerjo en el mar de mis recuerdos, en mis dudas, en mis errores, en mi vida.
Recuerdo mis años de niñez, el lujo que me rodeaba era incomparable, las riquezas, incontables. Las columnas, el piso, los grandes pasillos, las majestuosas escaleras. Más recuerdos. Jugaba mucho con mis amigos, peleábamos con palos como si fueran espadas. Nadab, Sefanías, Oziel y Malquiel. Esos son sus nombres. Aún seguimos juntos, sin embargo, me siento defraudado por ellos. Esto es su culpa. Su culpa.
Sigo navegando en la bóveda de mi mente atormentada. Camino por los imponentes senderos del palacio. ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? Escucho voces, risas, susurros. ¨Uno…dos…tres…¨Claro, estábamos jugando a las escondidas ese día. Mi yo pequeño empieza a correr a través de la impoluta opulencia acumulada. Me escondí en una habitación a medida que los sonidos de mis amigos iban disminuyendo paulatinamente. Silencio. Miré a mi alrededor y reconocí al instante una figura masculina.

¿Conocía yo a este hombre? Tenía el cabello largo y rizado, oscuro como carbón antracita, con lustres trazos de gris esparcido en su abundante melena. Sus vestiduras eran majestuosas, sus ropajes caían delicadamente en el brillante piso de piedra caliza. Me acerqué curiosamente a la mesa a la que el sol iluminaba con suave luz.
Caminé más cerca, más cerca. El hombre pareció sentir que alguien lo observaba, se volteó y me miró un poco confundido. Padre. Cómo lo extraño. Sus ojos se suavizaron dy me sonrió gentilmente.
• ¿Están jugando tú y tus amigos? – dijo mientras se inclinaba hacia mí.
• Sí, su Majestad – respondí con la formalidad que se me había inculcado desde pequeño por los consejeros reales…viejos aburridos.
Recuerdo lo tedioso que me resultaba prestar atención a las tutorías impartidas por la partida de ancianos que no tenían ningún sentido del humor. “No hables tan alto”, “Haz una reverencia cada vez que te dirijas al rey”, “Sé paciente”, “Sé humilde”, “Sé amable”, Sé esto y lo otro. Me tenían harto con tanta cantaleta ceremonial. Respecto a los modales con el rey, mi padre, no era necesario aplicarlos a menudo, ya que, durante la mayor parte de mi infancia, no pasé mucho tiempo con él de todos modos.
Mi padre se acercó y me sacudió los delicados bucles de mi redonda cabeza juguetonamente. Eso me dio más confianza así que me puse de puntitas para ver mejor qué estaba leyendo. Muchas letras. Reconocí algunas frases aquí y allá. Mi padre me tomó en brazos y me sentó en sus piernas para que observara mejor.
• ¿Sabes quién escribió esto?
Sacudí la cabeza.
• Fue tu abuelo…David, mi padre – dijo con nostalgia
Escaneé el texto rápidamente. ¿Qué es todo esto? ¿Sabiduría? ¿Honradez? ¿Gracia? Mi pequeño yo de siete años ya había perdido el interés, no otra vez las sosas palabras del viejo David. ¡Pensaba que el pergamino relataba alguna batalla interesante! Suspiré impacientemente y me escurrí de sus brazos como baba de caracol desparramada.
• Debo esconderme ahora o mis amigos me encontrarán…
• ¿No quieres pasar tiempo conmigo? ¿Con tu padre? – Al ver mi cara de desgano, suspiró dándose cuenta de que yo estaba de humor para otra clase de literatura – Muy bien…ve a jugar…
Ni siquiera lo dejé terminar cuando salí disparado por la puerta, sumergiéndome de nuevo en la adrenalina de buscar un escondite. Punto. Fin del recuerdo. No tengo memoria si gané o no la partida, pero sí de la mirada en los ojos de mi padre. ¿Qué era? ¿Decepción? ¿Qué pensaría él de mí al ver lo que…-? ¡Basta! Hice lo correcto.

Me levanto del trono enérgicamente y camino hacia la cámara de registros del palacio. Mientras me dirijo hacia allá, noto las miradas de los sirvientes y esclavos. Me miran con desprecio oculto, con resentimiento y odio. Me da lo mismo. Los ignoro y sigo hasta que entro a la amplia sala repleta de panfletos, pergaminos, de todo.
¿Qué estoy buscando? Paso mis dedos a través de los papiros hasta que uno de ellos accidentalmente cae al suelo. Lo levanto y lo examino. Mis ojos escanean y ven las mismas palabras…Sabiduría, honradez, gracia. Algo me dice que me detenga y lea, algo me dice que por una vez me interese saber qué me quiere decir Dios. ¿Qué me quiere decir Dios? ¿Qué me quiere decir? ¿Qué?
Una voz interrumpe mis pensamientos.
• Su Majestad, ahí está – reconocería esa voz en cualquier sitio, es uno de mis consejeros – Te estás perdiendo el banquete – dijo en voz juguetona – Ya creía yo que te habías ido con una de las bellezas que danzaron tan espectacularmente, sin embargo, te encuentro aquí… ¿Leyendo manuscritos? – suelta una pequeña risa, claramente influenciada por el vino – Regresa a la fiesta…
• No me siento de humor…
• ¿Cómo? ¿Qué sucede? – dice mientras se acerca más y adquiere un tono más serio.
• Solo…no sé – me froto la nuca con frustración – leer estos manuscritos tal vez no es lo peor ¿no crees?, tal vez…- señalo el escrito en mis manos – tal vez debería leerlo ¿tú que dices?
Malquiel se queda pensativo unos segundos y después rueda los ojos con desgano.
• Vamos, en serio vas a pasar la vendimia encerrado leyendo papeluchos es deprimente, amigo – me pone la mano en el hombro – Ya hablamos de esto, si queremos un reino que avance nosotros también debemos avanzar – dijo mientras me aflojaba mis dedos del manuscrito.
• Pero-
• Sin peros, Roboam, deja el pasado atrás, tienes todo un futuro por delante. Es normal sentirse nostálgico a veces, de verdad te entiendo. Las tradiciones pesan mucho y hasta llegan a lavarnos el cerebro. ¿Un solo Dios? Por favor, es un pensamiento arcaico e incluso ridículo. Hay que abandonar lo viejo y abrazar lo nuevo.
Logra quitarme el papiro de las manos y lo devuelve al estante con los demás rollos.
• Olvídate de los sermones y disfruta de la vida, eres el rey, puedes hacer lo que quieras…
Me quedo pensando mientras miro el rollo. Nunca me había importado leer las escrituras, ¿Por qué ahora?
• Es que tengo curiosidad, Malquiel, ¿No debe un rey mostrar interés en los escritos reales dejados por su padre?
• Suenas como ese instructor aburrido que tenías, ¿Cuál era su nombre?
• Semaías…
Qué bueno que lo sacaste de palacio, era insoportable.
Ahora se dedica a profetizar, no es tan malo – digo de manera un poco avergonzada.
Por favor, ¿hablas en serio? Ese anciano lo único que quiere es mantener este reino en el atraso. ¿Recuerdas cómo te prohibió recuperar las tribus del norte? Nos dijo que el ejército debía regresar a casa… ¿Sabes lo patético que nos vimos? El pueblo debe tener un rey con mano de hierro, no un ratón de biblioteca.
- Yo…
- ¿Acaso estás dudando?
- ¿Qué? Claro que no…
- Suelta el pergamino y vámonos…este lugar no me gusta – dice despectivamente
- ¿Qué quieres decir?
Malquiel levanta su rostro y me mira con ojos embriagados por el alcohol, sin embargo, noto algo más oscuro en su mirada. Es algo…diferente.
- Suelta el pergamino y vámonos – repite suavemente mientras sus ojos, generalmente marrones, parecían adoptar una negrura espeluznante. – Tus amigos te esperan…
- Ya iré, solo déjame poner esto en su lugar y-
- ¡Deja el pergamino en el piso, Roboam, no te atrevas a tocarlo!

La sangre se me hiela. Algo en su mirada me hace soltar inmediatamente el rollo, que rueda a pocos metros de mí. Malquiel permanece inmóvil, perforando mi alma a través de sus ojos, cuyas pupilas dilatadas son similares a dos pozos que resguardan la más profunda oscuridad. Ni siquiera parece Malquiel, no se parece a él…en lo absoluto.
Parpadeo repetidas veces hasta que el pulso regresa a mi cuerpo.
- ¿Quién te crees para…h- hablarme así? – mi voz sale más temblorosa de lo normal.
Malquiel sonríe amablemente y hace una pequeña reverencia.
- Discúlpeme, Su Majestad, solo me preocupo por usted. No deseo su mal, usted lo sabe – dice humildemente mientras me toma del brazo – Es claro que este sitio no nos hace bien a ninguno de los dos, por favor, venga conmigo…
Renuentemente, me dejo llevar por el firme agarre de mi consejero. Siento confusión, ¿Qué acaba de pasar?
- Estoy cansado…
- Por supuesto que debe estarlo, trabaja sin descanso por el bienestar del país y claramente el estrés lo está afectando, llevándolo a la desesperación de encontrar respuestas en escritos religiosos. Tranquilo. Estoy aquí para guiarlo, estamos todos aquí para ayudarlo, mi rey.
Ambos llegamos a la sala del banquete, donde la música es animada, la danza es vivaz y el vino abundante. Pareciese que todo mi pesar desaparece lentamente mientras Malquiel amigablemente me guía a través del bullicio y el desenfreno.
- ¿Ves? Esto es mucho mejor que estar leyendo panfletos, Su Majestad – me pasa una copa de vino dulce – Solo siga su corazón… y todo saldrá bien, ya verás…ya verás…
Sus palabras se desvanecen mientras el vino hace su efecto. Cierro mis ojos y me entrego al placer de la fiesta. Ya no siento. Ya no duele. Silencio. Recuerdos de nuevo, pero algo los arrebata. Alguien se los llevó. Lejos. Muy lejos. Silencio. Esta vez no hay marcha atrás.
Un siervo entra a la cámara de registros y ve un pergamino en el suelo. Frunce el ceño confundido. La última vez que pasó todo estaba en orden. Camina hacia el papiro y lo levanta cuidadosamente. La curiosidad saca lo mejor de él y lee unas cuantas estrofas. A medida que avanza, se queda inmerso en la sabiduría del escrito. Al terminar, lo relee y relee varias veces. Una puerta se abre y el sirviente rápidamente mete el rollo en el estante, antes de ser descubierto. Exhala aliviado al ver que es su compañero de trabajo.
- Pensé que eras un guardia.
- ¿Qué estás haciendo?
- Solo acomodando unas cuantas cosas, nada más.
- Ven, el rey quiere más vino.
- Por supuesto, ya voy.
Ambos sirvientes salen y cierran las puertas de la cámara con cuidado. El rollo sigue en su lugar, sin que nadie lo lea. Queda abandonado en lo secreto, esperando que alguien se digne en abrirlo.

Y TÚ, ¿QUÉ ESPERAS? ¿ACASO NO TIENES TÚ ESTE ROLLO? ¿QUÉ? ¿POR QUÉ LO TIENES ABANDONADO? VE Y LÉELO Y NO DEJES QUE EL DIABLO TE LO ARREBATE DE LAS MANOS, COMO LE PASÓ A ROBOAM, NI DEJES QUE LOS AFANES DEL MUNDO TE LO IMPIDAN, COMO AL SIRVIENTE.
Nota: El pergamino que Roboam hizo a un lado es el escrito de Proverbios capítulo 4 y de alguna manera el texto le recuerda lo siguiente:
4.1-3. Ven a mis piernas mi tierno niño, préstame tus oídos y pon atención. Naciste sin conocer nada, es tiempo de empezar a aprender; así como has sido cuidado, lo fui yo delante de mi padre y de mi madre.
Ante todo, debes tener sentido común. No debes olvidar lo que te enseño que es para tu bien.
Porque, así como te enseño hoy, hace mucho tiempo me enseñó tu abuelo el rey David y él me decía así:
4.4 OYE, que tu corazón retenga lo que te enseno, no lo cambies por otras ideas, pues si obedeces lo que te digo, andarás en el camino que te dará vida.
4.5-9. OYE, sobre todo lo que adquieras que lo primero sea la sabiduría, serás honrado, te hermoseará y dará gracia.
4.10-12. OYE, vivirás muchos años, pues yo mismo te he encaminado por la senda de bien, no tropezaras.
4.13. OYE, no olvides el consejo que recibes, tómalo de buena gana, obedécelo ¡pues es tu vida!
4.14-17. OYE, nunca andes ni hagas lo que hacen los impíos, ¡no se te ocurra! Porque su obsesión es hacer daño, hacer el mal y destruir.
4.18-19. OYE, el camino del justo en luz en ascenso y prospera, el camino del impío es oscuro y en el tropieza.
4.20-22. OYE, vuelvo y te repito, hazme caso cuando te enseño, guárdalo en tu corazón, es vida, ¡es medicina!
4.23. OYE, cuida lo que dejas entrar en tu corazón, lo que crees, de lo que te dejas influenciar, estas cosas determinaran tu destino.
4.24. OYE, no digas malas palabras y toda clase de iniquidad en tu lenguaje, reflejan lo que hay en el corazón.
4.25-28. OYE, sigue seguro el buen camino que traces por delante. No te desvíes, no cambies el rumbo.
Así meditaba Roboam al recordar triste y cabizbajo las palabras de David que le recordaba su padre Salomón, que triste haber recordado tarde el buen consejo y haber cometido el error de prestar oído al mal consejo de los de su generación.
