El Desperdicio

Dos rinocerontes se peleaban por alcanzar una rama que, muy elegante, ofrecía densas hojas frescas y olorosas.

Se había quedado atrás esta rama como restos de un cargamento de provisiones que se dirigía a la ciudad.

Todos los días la sacaba, la exponía al sol y la volvía a guardar.

Así pasaban los días, sin probar una sola hoja, hasta que, una por una, de la rama iban cayendo.

A lo lejos, lo ve y se burla el compañero que no tuvo la oportunidad de apoderarse de ella.

Y dice: “Yo quería la rama para hacer de ella lo que se espera: comerla, pero tú la has guardado como un tesoro y, sin consumirla, la has hecho peor que basura”.

Cuando cada quien va por su camino, se escucha la carcajada del mayor, quien explica: “Nunca fue mi intención comérmela, pero me ha hecho gracia poder quitártela: ni para ti ni para mí”.

Sorprendido, se da la vuelta el menor y le responde: “Pensaba que eras tonto, pero, realmente, más que eso, eres malo”.

Como diversión es para el necio hacer maldad, y la sabiduría lo es para el hombre de entendimiento (Proverbios 10:23).

¿A qué punto debe llegar el hombre para encontrar placer haciendo el mal? Que nunca seamos hallados caminando en la espiral descendente de la que no podamos ascender. No dejes que el mal te envuelva y te sirva sus cadenas en elegante bandeja. Te controlará y te transformará en una versión desfigurada del original. Disfrutar del mal simplemente nos señala qué tan lejos estamos de la luz y la verdad.