La zarigüeya

Una zarigüeya de la comarca sentía un vacío que ya no se llenaba con nada. Estaba cansada del sabor metálico y la textura correosa de las garrapatas que, día tras día, formaban su monótono festín. Harta de masticar siempre lo mismo, cerró los ojos y se imaginó algo distinto: el aroma cálido del trigo recién horneado. Decidió que, desde ese día, su menú sería el pan.

Por suerte, conocía a dos amigas expertas en el arte de la harina. Al acudir a la primera, esta la recibió con un entusiasmo desbordante.
—¡No te cobraré ni un centavo! —exclamó la panadera, envolviendo el aire con promesas de generosidad.

Pero tras las palabras, las manos trabajaron con desgana. En lugar de amasar con cariño, sacudió los sacos de harina vieja que guardaban el polvo del olvido y usó los restos de una levadura ya cansada. El resultado fue un pan grisáceo, duro como una piedra de río y sin rastro de aquel sabor que la zarigüeya tanto anhelaba. Tras entregar esa primera partida desabrida, la panadera se esfumó como el humo, dejando el paraje en un silencio absoluto.

—«¿Le habré ofendido en algo?» —se preguntó la zarigüeya, mientras intentaba, sin éxito, hincar el diente al trozo de corteza fría.

Ante el desdén de la primera, la zarigüeya acudió a su otra amiga. Esta vez, el aire del paraje se transformó: un perfume a trigo tostado y leña encendida envolvía la entrada de la panadería. La segunda amiga trabajó con esmero, amasando con fuerza hasta que la harina y la levadura cobraron vida. El resultado fue un pan de corteza dorada y miga suave, tan delicioso que a la zarigüeya se le hizo agua la boca.

Sin embargo, cuando llegó el momento de pagar, el aroma dulce se volvió ceniza. Al escuchar el precio exorbitante que su «amiga» le exigía, la alegría se le anudó en la garganta. La sensación fue más amarga que el sabor de las garrapatas. Con el corazón apretado, solo pudo comprar una pequeña pieza; el resto, tuvo que devolverlo con las manos temblorosas.

Mientras se alejaba masticando aquel pan que ahora le sabía a tristeza, la zarigüeya reflexionó:

—«Por fin el tiempo duro de escasez se va, y voy a la panadería en busca de nuevo pan. Pero me doy cuenta de que no tengo con quien contar; en la estrechez, es mejor puertas no tocar».

Y mientras miraba el horizonte, concluyó su amargo pensamiento:

—«Cuando me rodea el bien y sobra en casa miel, harina y melaza, son muchas las voces ruidosas, como nubes sin agua que el viento lanza. Duele mucho no tener pan que comer, pero duele más saber que a los amigos no puedo reconocer».

Moraleja: ¿Dónde se hallan los amigos? Se encuentran con claridad en el lugar llamado Necesidad. No los busques en las fiestas o cuando todo sopla a tu favor. La necesidad es temida, nadie la quiere ver llegar, pero son justamente las duras circunstancias que le acompañan las que muestran las riquezas de la verdadera amistad: un verdadero amigo nunca falla.


Proverbios 17:17 «En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia».