La carrera de ovejas

Bajo un sol de justicia que invitaba al juego, las corderas más jóvenes del
rebaño decidieron probar su agilidad lanzándose en veloz carrera colina abajo.
Con el ímpetu de quien no conoce el miedo, trotaban con frenesí mientras el
pastor, recostado bajo una encina, las observaba complacido.

Sin embargo, el camino era escarpado. En los baches más profundos, las
pequeñas tropezaban y rodaban, pero se levantaban al instante para seguir la
marcha.

Al verlas, un grupo de ovejas veteranas comenzó a balar con desprecio. Desde su cómoda posición, se burlaban de la torpeza de las pequeñas, lanzando críticas mordaces sobre su falta de estilo y precisión. El pastor, advirtiendo la discordia, decidió poner a prueba a las críticas. Con un gesto de su cayado, condujo al rebaño entero hacia un sendero aún más difícil, obligando a las mayores a participar en la travesía. Pronto, las risas se tornaron en balidos de angustia. Las ovejas viejas, pesadas y rígidas, se quedaban atoradas entre las ramas y tropezaban en cada palmo de terreno.

Mientras tanto, las corderas, ligeras y valientes, sorteaban los obstáculos con tal destreza que pronto dejaron atrás al «grupo experto». Aunque habían caído en los baches, ellas ya celebraban en la meta. Al caer el ocaso, el pastor encerró al rebaño y, con voz firme pero cargada de sabiduría, sentenció:

—»Hermanas, sanad vuestro orgullo antes que vuestras patas. Pues es muy fácil juzgar el tropiezo ajeno cuando se permanece inmóvil».

Moraleja: Tiene más mérito el fracaso de quien lo intenta, que la crítica de quien solo observa.