Esperanza más allá de la Crianza
Ciertamente, es muy fácil enseñar a los demás qué deben hacer, sobre todo cuando ese conocimiento se transmite de manera escrita; sin embargo, la realidad en el campo de trabajo es diferente.
Es duro enfrentarse cada día a la labor de lidiar con los hijos y ver cómo mucha energía se queda en el «campo de batalla». Parece que la meta se aleja y no vemos formado en ellos al hombre maduro al que aspirábamos cuando solo eran niños. Pero, entre todas las decepciones, la más amarga es descubrir que fallaste en un área donde no advertiste que debías trabajar. Ocurre cuando das por sentado que tus hijos son llevaderos, moldeables e incluso que están de acuerdo con lo que les enseñas, sin darte cuenta de que la vida en casa no fue más que un teatro del que, ingenua e inconscientemente, formaste parte.
Les enseñaste un camino y ellos lo desecharon. Sacrificaste los mejores años de tu vida y parece que, en realidad, esa enseñanza y esfuerzo se invirtieron en la calle y no en casa. Parece que estuviste ausente, pues tus enseñanzas no cayeron en ningún terreno fértil. Incluso parece que quien daba la instrucción en el hogar era el vecino desorganizado, el amigo viciado, la amiga irrespetuosa, la suegra desafiante, el profesor de ideas pragmáticas, el youtuber estrafalario, la cantante ecléctica o, incluso, la omnisciente inteligencia artificial. Todos ellos han venido a sustituir la voz de Dios y la de los padres comprometidos.
Pero despertaste a esta realidad demasiado tarde; parece que ya no hay nada que hacer. Te diste cuenta el día que tu hijo se fue de casa en busca de una «legítima independencia», aunque en realidad buscaba algo más: romper lazos.
Ahora, a solas y sin el bullicio de los quehaceres diarios, te puedes sentar tranquilamente. Este tiempo de calma invita y obliga a reflexionar: «¿Qué se hizo mal? ¿En qué fallé?». Si diste instrucción, si diste ejemplo, si dedicaste tiempo de calidad y cantidad, si viviste una fe genuina y te mostraste cercana, vulnerable y auténtica… te preguntas por qué se han ido y por qué, sin pretenderlo, no lograste ser su maestra.
¿Acaso aquello que te sostiene tendrá respuestas para tales interrogantes? ¿Dónde buscar respuestas para lo que percibes como una vida fracasada?
¡Oh, corazón de madre que no vio a Cristo formado en sus hijos! Si quieres comprender, mira la vida de Jesús. No vayas tan lejos: mira la respuesta de Israel cuando Dios tantas veces intentó criarlo «bajo sus alas, como a polluelos», y este se resistió. Criamos con la esperanza de ver la salvación en nuestros hijos, pero a veces no vemos el fruto de justicia. Olvidamos que el dolor de tener hijos rebeldes al Evangelio es un cáliz que nos toca saborear a muchos padres creyentes.
¿Seguro que no hay lecciones espirituales para los padres agobiados? ¿Oramos por los no creyentes de fuera con el mismo fervor que por esos no creyentes que son nuestros hijos? ¿Intercedemos por nuestros hermanos en la fe que batallan en luchas semejantes? ¿Acaso esto no nos hace creyentes más sensibles y enfocados en los propósitos de Dios?
Parece fácil decirlo, pero el proceso de ver como Dios ve es lento y duele. Ver a nuestros hijos no creyentes como almas perdidas nos quita el peso de la victimización e inclina nuestras rodillas con propósitos renovados. ¡Son las almas que más amamos las que se pierden! Las veremos con compasión, no con resentimiento; derramaremos en oración lágrimas de dolor, no de rencor.
Independientemente de la respuesta a estas oraciones, veremos —tal vez con sorpresa— lo que Dios sí obró en nosotros: los padres creyentes que aguardamos con paciencia. No tenemos la seguridad de ver a nuestros hijos arrepentirse, pero una esperanza no será frustrada: algún día veremos a nuestro Padre Celestial, a quien intentamos imitar como hijos muy queridos. ¿Lo estás haciendo? (Efesios 5:1).
